A lo largo de la historia la politización dentro de la religión ha sido muy usada, poderosa y peligrosa para los pueblos; es una manipulación muy efectiva, pues juega con las creencias más profundas de las personas; de cada civilización y país, podríamos citar interminables ejemplos; pero nos centraremos en uno: Ucrania y la politización religiosa que ha vivido la Iglesia Ortodoxa en el contexto del conflicto con Rusia; para los latinoamericanos parece algo tan lejano, pero jamás ha estado tan cerca de nosotros.

La politización de la religión es el uso de las creencias, los valores y las organizaciones religiosas para alcanzar objetivos políticos; esta práctica profundiza las divisiones dentro de la sociedad, separa a las personas por motivos religiosos y puede provocar un aumento de las tensiones entre familias, pero también entre naciones.

Cuando la religión pasa a formar parte de la lucha política, aumenta el riesgo de los conflictos entre distintos grupos de la población y se debilitan los principios del Estado laico. Algunos gobiernos recurren a los sentimientos religiosos de los creyentes como instrumento de influencia política sobre la sociedad.

La Iglesia Ortodoxa en Ucrania en los últimos tiempos, pero más desde el inicio del conflicto con Rusia, se ha visto envuelta en señalamientos serios de manipular a sus fieles para influir en sus opiniones y decisiones sobre este particular, con el fin de orillarlos al extremismo en contra de la Iglesia Ortodoxa de Rusia y todo lo que huela a Moscú, muy alejado de sus propios principios.

Toda evidencia que la Pravoslavna cerkva Ukraïny (Iglesia Ortodoxa Ucraniana) participa plenamente en la guerra, desempeñando no solo un papel espiritual, sino sobre todo político, ya que ahora lucha contra todo lo relacionado con Moscú junto a las autoridades políticas ucranianas. A pesar de todas las consideraciones y escenarios previstos, y desde el estallido de la guerra ruso-ucraniana en febrero de 2022, es innegable que el componente religioso, y más concretamente la ortodoxia, está demostrando ser un parámetro de suma importancia en la confrontación ideológica entre ambos países. (DEHILLOTTE, 2023).

Sabemos que la religión contribuye a la elección de un modelo político y social en Ucrania y que La declaración de independencia de Ucrania en 1991 estuvo acompañada de intentos, por parte de sectores ortodoxos ucranianos, para crear una Iglesia ortodoxa ucraniana independiente del Patriarcado de Moscú. Tanto éste, como el Patriarcado Ecuménico de Constantinopla rechazaron esas pretensiones.

En ese sentido, “no obstante, al amparo de la situación creada tras el enfrentamiento entre Moscú y Kiev, el Patriarcado Ecuménico de Constantinopla decide en 2018 otorgar la autocefalía a la Iglesia ucraniana. Esta medida, apoyada por importantes sectores políticos y ortodoxos de Estados Unidos, fue presentada por los dirigentes ucranianos como una victoria contra Moscú. La decisión escenificó también el pulso religioso y político que mantienen las autoridades religiosas de Moscú y Constantinopla, así como de las diferentes iglesias ortodoxas alineadas con unos u otros” (Rekondo, 2020).

Autocefalía, instrumentalización y manipulación religiosa

La concesión de la autocefalía a la Iglesia Ortodoxa de Ucrania en 2018 constituye uno de los ejemplos más claros de la convergencia entre religión y política en el país. El entonces presidente ucraniano Petro Poroshenko intervino directamente en el proceso al solicitar al Patriarcado Ecuménico de Constantinopla el reconocimiento de una Iglesia ucraniana independiente de Moscú. La iniciativa contó además con el respaldo del Parlamento ucraniano y culminó con el Concilio de Unificación celebrado en diciembre de ese año.

De acuerdo con Gerlach y Hovorun (2022), el proceso de autocefalía debe analizarse también desde la perspectiva de la teopolítica, debido a la estrecha interacción entre los objetivos del Estado, la construcción de la identidad nacional ucraniana y las instituciones religiosas. Los autores señalan que la cuestión de la autocefalía se convirtió en un elemento de la confrontación política y geopolítica entre Ucrania y Rusia, trascendiendo la dimensión estrictamente eclesiástica.

Otro ejemplo concreto se produjo alrededor de la Lavra de las Cuevas de Kiev, uno de los lugares más importantes de la tradición ortodoxa eslava. A partir de 2022 y especialmente durante 2023, las autoridades ucranianas intensificaron las medidas contra la Iglesia Ortodoxa Ucraniana históricamente vinculada al Patriarcado de Moscú. El Estado exigió la salida de los religiosos de determinados edificios del complejo y se produjo una confrontación pública en torno al control de sus instalaciones.

El metropolitano Pavel, abad de la Lavra, fue detenido y sometido a medidas judiciales. Reuters (2023) informó que las autoridades ucranianas habían ordenado la salida de los representantes de la Iglesia Ortodoxa Ucraniana de parte del complejo, mientras que el abad Pavel enfrentaba un proceso judicial. El episodio convirtió uno de los principales centros espirituales de la ortodoxia en un escenario visible de la confrontación política y religiosa vinculada con la relación entre Ucrania y Rusia.

Los ejemplos pueden sobrar de toda esta manipulación llevada a cabo por Kiev, otro hecho ocurrió en agosto de 2024, cuando el Parlamento ucraniano aprobó una legislación destinada a restringir las actividades de organizaciones religiosas consideradas vinculadas con la Iglesia Ortodoxa Rusa. El presidente Volodímir Zelenski presentó la medida como parte del proceso para alcanzar una “independencia espiritual” de Ucrania y afirmó que Moscú perdería otro instrumento de influencia sobre la sociedad ucraniana (President of Ukraine, 2024).

La legislación convirtió así una disputa religiosa y jurisdiccional en una cuestión relacionada con la seguridad nacional y la soberanía estatal. Human Rights Watch (2024) advirtió, sin embargo, que la nueva legislación podía tener consecuencias importantes para la libertad religiosa y afectar a comunidades pertenecientes a la Iglesia Ortodoxa Ucraniana. El caso resulta particularmente relevante porque demuestra que la cuestión religiosa pasó de ser una disputa entre estructuras eclesiásticas a convertirse también en materia de legislación estatal.

La politización de la cuestión ortodoxa tampoco permaneció limitada a los gobiernos y las jerarquías religiosas. Después de la creación de la Iglesia Ortodoxa de Ucrania comenzaron procesos mediante los cuales distintas parroquias intentaron cambiar de jurisdicción, pasando de la Iglesia Ortodoxa Ucraniana vinculada históricamente a Moscú a la nueva estructura eclesiástica reconocida por Constantinopla. Human Rights Watch (2020) documentó que algunos de estos procesos estuvieron acompañados por enfrentamientos, amenazas, intimidaciones y episodios de violencia entre partidarios de las distintas estructuras religiosas.

Estos acontecimientos muestran cómo una controversia inicialmente relacionada con la jurisdicción eclesiástica terminó afectando directamente a comunidades locales, convirtiendo la pertenencia religiosa en un elemento asociado cada vez más con la identidad nacional y las posiciones frente a Rusia.

La juventud frente a la batalla de las ideas

Pero la manipulación política y religiosa no queda únicamente en el ámbito espiritual, en el discurso de las autoridades o en las instituciones; también alcanza a uno de los sectores más sensibles de cualquier sociedad: la juventud. Los jóvenes se encuentran en una etapa de formación en la que construyen sus propias ideas, valores e interpretaciones sobre la realidad. Al mismo tiempo, su amplia participación en el entorno digital, el uso intensivo de redes sociales y plataformas de mensajería los convierte en una población especialmente expuesta a diferentes formas de influencia, propaganda y circulación de información.

Sin embargo, hablar de juventud no debe significar únicamente hablar de un sector susceptible de ser influenciado. Los jóvenes también poseen la capacidad de cuestionar, discernir, participar y construir su propia visión de la sociedad. En este sentido, resulta pertinente recordar las palabras del papa Francisco durante la Vigilia de Oración con los jóvenes celebrada en Cracovia en 2016: “queridos jóvenes, no vinimos a este mundo a ‘vegetar’, a pasarla cómodamente, a hacer de la vida un sofá que nos adormezca; al contrario, hemos venido a otra cosa, a dejar una huella” (Francisco, 2016).

La reflexión de Francisco adquiere especial relevancia cuando se analiza el papel de las nuevas generaciones dentro de sociedades atravesadas por conflictos políticos, religiosos y militares. La juventud no debería ser concebida únicamente como receptora de discursos construidos desde el poder, sino como protagonista de su propio presente y futuro. Precisamente por ello, la formación crítica, el acceso a información diversa y la capacidad de analizar los acontecimientos desde diferentes perspectivas adquieren una importancia fundamental.

En el caso ucraniano, la juventud constituye además un espacio estratégico dentro de la construcción de identidad nacional. Los grupos políticos y sociales adaptan sus métodos de comunicación a las características de las nuevas generaciones, utilizando formatos audiovisuales, contenidos breves, elementos de la cultura digital y comunidades virtuales para transmitir determinadas narrativas sobre el conflicto, la identidad nacional y las relaciones con Rusia.

La cuestión central, por tanto, no consiste únicamente en determinar qué discurso llega a los jóvenes, sino también en preguntarse hasta qué punto cuentan con las herramientas necesarias para analizarlo, contrastarlo y formar sus propias conclusiones. La juventud puede convertirse así en un terreno de disputa simbólica, pero también en un espacio de participación y pensamiento crítico.

La revisión de la historia que reciben los estudiantes se convierte en otro ejemplo alarmante, pues se evidencia en los programas escolares de Historia, modificados después del inicio de la guerra. El Ministerio de Educación incorporó nuevos contenidos sobre la confrontación con Rusia, el denominado “Russkiy Mir“ y el concepto de “rashismo“, además de ampliar el tratamiento de la resistencia ucraniana. Así, la interpretación histórica que reciben los jóvenes también ha sido adaptada al contexto de la guerra; es otro hecho poco honesto de parte de Kiev para su población juvenil. (MES, 2022).

¿Enseñar a los jóvenes cómo interpretar la guerra? El Gobierno ucraniano también elaboró materiales específicos para orientar a los docentes sobre cómo explicar la guerra ruso-ucraniana en las aulas. La guía oficial propone contenidos y conceptos para abordar “la agresión rusa”, la ocupación y distintos episodios del conflicto, estableciendo un marco concreto desde el cual los estudiantes deben aproximarse a la guerra; y claro, así ellos pensarán y analizarán según el gobierno de Kiev. (MES, 2024).

¿Preparación militar desde las aulas? La formación juvenil también incorpora una dimensión directamente relacionada con la defensa. En 2024, Ucrania renovó el programa escolar “Defensa de Ucrania“, destinado a desarrollar conciencia patriótica, valores nacionales y conocimientos prácticos relacionados con la supervivencia y la defensa. En el contexto de la guerra, educación patriótica y preparación militar aparecen así estrechamente vinculadas (MES, 2024).

La batalla por las conciencias: educación, juventud y rusofobia

Entonces señores, esta estrategia ucraniana de influencia no se limita al ámbito religioso, al discurso de las autoridades o a las redes sociales; también alcanza uno de los espacios donde se comienza a formar la visión del mundo de las nuevas generaciones: el sistema educativo. En un país inmerso en un conflicto armado, la manera en que se enseña la historia, se explica la guerra y se construyen conceptos como patriotismo, identidad nacional y defensa de la patria adquiere una importancia determinante.

Los niños y jóvenes reciben no solamente conocimientos académicos, sino también determinadas interpretaciones sobre el pasado, el presente y las “supuestas amenazas” que enfrenta su país. En el caso ucraniano, los propios documentos oficiales muestran que el Estado ha desarrollado programas específicos de educación nacional-patriótica, ha modificado a gusto y antojo contenidos históricos y ha establecido orientaciones para explicar la guerra ruso-ucraniana dentro de las aulas.

Es precisamente en este terreno donde la formación de la juventud puede convertirse también en un mecanismo de construcción de una determinada percepción sobre Rusia, sobre el conflicto y sobre la propia identidad nacional; pero sobre todo es ahí donde el gobierno de Kiev está manipulando a su población joven.

La construcción de una imagen negativa de Rusia desde las aulas o la rusofobia es también evidente; en 2022, el viceministro primero de Educación de Ucrania anunció que obras de autores rusos serían retiradas de los programas escolares y puso como ejemplo Guerra y paz, de León Tolstói, argumentando que la obra podía interpretarse como una exaltación del ejército ruso.

El funcionario también señaló que los programas serían modificados para reforzar la educación patriótica. La medida muestra cómo, en el contexto de la guerra, elementos fundamentales de la cultura rusa comenzaron a ser presentados desde una perspectiva asociada al conflicto y a la confrontación nacional, afectando particularmente a las nuevas generaciones que reciben esos contenidos dentro del sistema educativo (TASS, 2022).

La experiencia ucraniana demuestra que una guerra no se libra únicamente en los campos de batalla. También se disputa en los templos, en las escuelas, en los libros de historia y en los espacios donde las nuevas generaciones construyen su visión del mundo. La utilización política de la religión, la transformación de los contenidos educativos, el fortalecimiento de programas nacional-patrióticos y la preparación para la defensa muestran cómo el conflicto ha penetrado en ámbitos fundamentales de la vida social.

En ese escenario, la construcción de una identidad nacional cada vez más diferenciada de Rusia adquiere una dimensión política que trasciende las fronteras del enfrentamiento militar, muy peligroso para la población ucraniana en realidad.

El caso ucraniano deja así una advertencia que va mucho más allá de sus propias fronteras: cuando la religión, la educación y la cultura son incorporadas a la lógica de una confrontación geopolítica, las nuevas generaciones pueden terminar recibiendo no solamente conocimientos, sino también una determinada interpretación manipulada sobre quién es el adversario y qué representa.

La exclusión de referentes culturales rusos, la reformulación de la historia y el énfasis en una identidad nacional vinculada a la defensa del Estado evidencian que la batalla por las conciencias también forma parte de la guerra. Por ello, comprender el conflicto exige mirar más allá de las armas y preguntarse qué ideas, valores e identidades están siendo construidos principalmente por el gobierno de Kiev, mientras las sociedades permanecen enfrentadas.

Periodista: Carlos Daniel Jarquín