En los octavos de final de la Copa Sudamericana, el partido entre Independiente de Avellaneda y Universidad de Chile fue suspendido tras un desastre: una batalla campal en las gradas del Estadio Libertadores de América. El incidente dejó al menos 10 heridos de gravedad, uno en estado crítico y cerca de 90 detenidos, la mayoría aficionados chilenos.

El encuentro se desarrollaba con normalidad y estaba empatado 1-1 al inicio de la segunda parte. En ese momento, desde la tribuna visitante, ocupada por unos 3,000 aficionados de Universidad de Chile, comenzaron los incidentes: baños destrozados y lanzamiento de butacas y piedras hacia los aficionados argentinos.

La situación se complicó cuando la policía comenzó a desalojar a los visitantes; fue entonces cuando, en el sector prácticamente liberado, un grupo de barras bravas de Independiente atacó a los chilenos que aún permanecían en el lugar.

El árbitro uruguayo Gustavo Tejera decidió cancelar el encuentro tras constatar que no existían las condiciones mínimas de seguridad. La Conmebol confirmó más tarde que el duelo quedaba oficialmente suspendido por falta de garantías. El caso será derivado a los órganos judiciales de la Conmebol para futuras determinaciones, señalaba la organización en el comunicado.

Los dirigentes culpan a Conmebol. El suceso ha derivado en una guerra de responsabilidades. Desde Universidad de Chile, el directivo Daniel Schajira criticó fuertemente a la organización: “No pueden poner nuestra hinchada junto a la barra de Independiente, es una locura“. La violencia vuelve a sacudir al fútbol sudamericano; hace cuatro meses, el partido entre Colo Colo y Fortaleza también fue interrumpido por incidentes protagonizados por los aficionados.

Periodista: Enrique Manzanarez