Termina el año perdonando, el perdón es una actitud sana

El perdón sólo puede nacer de un verdadero amor. No es fácil perdonar, como no es fácil amar. Va en contra de todos los instintos. Va en contra de lo razonable. Los razonamientos nunca nos convencerán de que tenemos que perdonar.

Primero debemos tomar conciencia de nuestro verdadero ser, y una vivencia de la manera de ser de Dios. Sólo por ese camino descubriremos que perdonar, no es hacer un favor al otro, sino una dinámica de verdadero amor que te permite paz armonía interior y bienestar.

 

Tampoco se trata de perdonar para dejar bien clara mi superioridad moral, o para que los demás me alaben. Es este caso no sería más que soberbia camuflada.

Para alcanzar esa capacidad de perdonar, tenemos que volver, una vez más, sobre el concepto de pecado. Como decíamos el domingo pasado, tenemos que recuperar la noción bíblica de pecado. Desde nuestro concepto de pecado como maldad por parte de alguien, es imposible que nos sintamos capaces de perdonar. El pecado no es fruto nunca de una mala voluntad, sino de una ignorancia.

La voluntad no puede ser mala, porque no es movida por el mal. La voluntad sólo puede ser atraída por el bien y repeler el mal. La trampa está en que se trata del bien o el mal que le presenta la inteligencia, que con demasiada frecuencia se equivoca y presenta a la voluntad como bueno lo que en realidad es malo.

Sin esta aclaración, es imposible entrar en una auténtica dinámica del perdón. Como seres humanos nos cuesta mucho menos tolerar una ignorancia que perdonar una mala voluntad.

Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo. ¿Será verdad que el perdón de Dios depende del nuestro? ¿No os parece un poco ridículo que Dios esté condicionado por nuestras propias acciones? Dios no tiene acciones, mucho menos puede tener reacciones.

Dios es amor y por lo tanto es también perdón. No tiene que hacer ningún acto para perdonar; está siempre perdonando. Su amor es siempre perdón porque llega a nosotros sin merecerlo.

Ese perdón de Dios es lo primero. Lo que nosotros tenemos que hacer es tomar conciencia de ese perdón, aceptarlo y vivirlo. Si no lo aceptamos, ese perdón estará ahí disponible, pero no nos enriquecerá. Si lo aceptamos nos hará capaces de perdonar a los demás. No al revés.

Eso sí, la única manera de estar seguros de que lo hemos descubierto y aceptado, es que somos capaces de perdonar. Por eso se puede decir, aunque de manera impropia, que Dios nos perdona en la medida que nosotros perdonamos.

¡Qué difícil nos resulta armonizar el perdón con la justicia! Nuestra cultura occidental que pretendemos superior a las demás, tiene fallos garrafales. Claro que nuestra cultura es fruto del cristianismo; pero olvidamos que se trata de un cristianismo troquelado por el racionalismo griego y encorsetado hasta la asfixia por la juridicidad romana. El cristianismo resultante, que es el nuestro, no se parece en nada al que vivió Jesús.

En nuestra sociedad se está acentuando cada vez más el sentimiento de Justicia, pero se trata de una justicia racional e inmisericorde, que la mayoría de las veces sólo esconde nuestro afán de venganza. El evangelio apareció en una cultura muy diferente, más oriental, más cercana al hombre. Para nosotros va a ser muy difícil recuperar el verdadero calado humano del evangelio, si no superamos el racionalismo y el “jurisdicismo” infiltrados en él.

Nuestro mezquino sentido de la justicia se la hemos aplicado al mismo Dios y lo hemos convertido en un monstruo que tiene que hacer morir a su propio Hijo para “justificar” su perdón.

Es completamente descabellado pensar, que un verdadero amor está en contra de una verdadera justicia. Luchar por la justicia es conseguir que ningún ser humano haga daño a otro en ninguna circunstancia.

La justicia no consiste en que una persona perjudicada consiga perjudicar al agresor. Difícil será que entremos en esta dinámica. Seguiremos utilizando los mecanismos de la justicia para vengarnos.

Lo que pedimos en el Padrenuestro, entendido al pie de la letra, es un solemne disparate. No se trata de un simple defecto de trascripción.

En el Antiguo Testamento está muy clara esta idea. En la primera lectura nos decía exactamente: “Del vengativo se vengará el Señor”. “Perdona la ofensa de tu prójimo y se te perdonarán los pecados cuando
lo pidas”.

Cuando el mismo evangelista Mateo relata el Padrenuestro, la única petición que merece un comentario es ésta, para decir: “…Porque si perdonáis a vuestros hermanos, también vuestro Padre os perdonará; pero si no perdonáis, tampoco vuestro Padre os perdonará (Mateo 6,14).

Aunque hayamos repetido esta idea durante veinte siglos, podemos estar seguros que no corresponde al Dios de Jesús. No tenemos que escandalizarnos de que se diga esto de Dios, pero tampoco debemos renunciar a seguir acercándonos a la verdad.

¿No sería más lógico pedir a Dios que nos perdone como sólo Él sabe hacerlo y, descubriendo esa manera de perdonar, aprendamos nosotros a perdonar a los demás?

Para descubrir por qué tenemos q ue seguir amando al que me ha hecho daño, tenemos que descubrir los motivos del verdadero amor a los demás. Si yo amo solamente a las personas que son amables no salgo de la dinámica del egoísmo.

El amor verdadero tiene su justificación en la persona que ama, no en el objeto del amor y sus cualidades. El amor a los que son amables por sus cualidades, no es garantía ninguna del amor verdaderamente humano y cristiano. Si no perdonamos a todos y por todo, nuestro amor es cero, porque si perdonamos una ofensa y otra no, las razones de ese perdón no son genuinas.

No sólo el ofendido necesita perdonar para ser humano, También el que ofende necesita del perdón para recuperar su humanidad. La dinámica del perdón responde a la más profunda necesidad psicológica del ser humano de un horizonte para poder seguir viviendo. Cuando el hombre se encuentra con sus fallos cada día, necesita una certeza de que las posibilidades de rectificar siguen abiertas. A esto le llamam os perdón de Dios.

Descubrir, después de un fallo grave, que la actitud de Dios sigue siendo la misma, que me sigue queriendo y sigue queriendo lo mejor para mí, tiene que llevarme a la recuperación de mi propio ser, a superar la desintegración que lleva consigo un fallo grave.

La mejor manera de convencerme de que Dios me ha perdonado, es descubrir que aquellos a quienes ofendí me han perdonado. Sólo cuando estoy convencido de que Dios y los demás me han perdonado, estaré dispuesto a perdonarme a mí mismo y recuperaré la paz interior, imprescindible para poder seguir adelante.

 

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